Leyendas urbanas

LAS LEYENDAS son etimologicamente “legenda”; es decir, “cosas que deben ser leídas”, del mismo modo que las Amandas, amadas, y los educandos -con suerte- educados. Son cosas viejas, que vienen del latín. El matiz de obligación o consejo que está en el origen de la palabra se ha perdido en las connotaciones actuales de leyenda. Por eso, valga la pregunta para entonces, para aquellos tiempos: ¿por qué debería ser leída una leyenda? O mejor: ¿por qué un relato que, como todos los de este tipo, era de origen oral, merecería ser fijado por la escritura para luego ser leído, es decir, convertirse en cosa leyenda? La respuesta habitual -acertada y más pobre- es que estos relatos míticos presentes en todo tiempo y lugar -de los aztecas a los griegos, de los chinos a los anglosajones- sirven porque hacen referencia a hechos y personajes que se confunden con el origen mismo de la comunidad y de la lengua que los ha conservado durante siglos por tradición oral hasta que alguien los escribió para ser leídos. Son o han sido funcionales porque explican el origen, fundan los tabúes, refuerzan una identidad necesaria. Todo indicaría entonces que las leyendas son una forma de relato, un tipo de narración que sólo se da en estadios primitivos de civilización anteriores a cualquier posibilidad de registro seguro y cierto de los hechos. Que con la irrupción de la historia como ciencia, del periodismo como actividad sistemática y de la literatura como espacio natural de la ficción, los territorios y las modalidades del relato quedarían adecuadamente circunscriptos y no habría lugar para las leyendas pues dejarían de ser funcionales.

Pero no es así. Claro que no. Modernamente, las leyendas proliferan como en los tiempos literalmente legendarios, con la diferencia que ahora no se generan antes de la Historia sino después, por añadidura, son su resultado, su deformación, su necesario complemento: parece ser que no se puede vivir (bien) sin ellas. El insobornable Dolina ha institucionalizado la oposición entre Hombres Sensibles e irrecuperables Refutadores de Leyendas -no muy lejanos a los Cronopios y los Famas de Cortázar- y dicen que John Ford dijo alguna vez, como quien formula un programa: “En Hollywood, cuando debemos optar entre la Historia y la leyenda… nos quedamos con la leyenda². El inventor del barrio de Flores está hablando de los derechos inalienables de la imaginación para vivir; el director de todas las películas de cowboys con cara de John Wayne, de la opción estética por la fecundidad del mito. Ya antes que ellos, Oscar Wilde o Mark Twain supieron escribir su pavor o su desdén ante la peligrosa decadencia de lo que llamaron el arte de mentir. Es que la fotografía y el naturalismo literario no son el punto de llegada a ninguna parte sino el final de un corto callejón sin salida.

Las defensas ideológicas de la leyenda de Dolina y de Ford contra la prepotencia de la racionalidad aplanadora dan cuenta de una situación de legendaria necesidad que va más allá del supuesto progreso. Por eso, no es casual que la supervivencia de las leyendas tenga que ver con el peso determinante de la forma de comunicación más elemental: la oralidad. La comunicación oral, por ser la primera y más espontánea, es insustituible. Un universo oral por naturaleza, el de los chicos, es ejemplar. El “saber” infantil se transmite, a falta de otras fuentes más confiables, horizontalmente entre coetáneos y hay un repertorio de cuentos que los pibes se cuentan (nos contamos) prácticamente siempre a cierta edad, cierta altura de la escuela o del desarrollo. El boca a boca (oreja mediante, claro) tiene la virtud seductora de lo privado, exclusivo, secreto que debe ser conservado como tal. Es un saber que no circula por los medios convencionales (parte el mundo ajeno de los adultos) y su contenido tiene la paradójica patente de autenticidad que tiene todo mensaje que clausura una incertidumbre, libera una fantasía, confirma una sospecha o llena una necesidad.

Claro que el mecanismo se repite -con esa misma funcionalidad y otras insondables- ya en el universo de la oralidad adulta: los chistes, los cuentos, los apodos, los trascendidos, los chismes, las anécdotas, los rumores políticos participan de esa naturaleza. Todos esos relatos y “saberes” transmitidos como forma de complicidad entre supuestos iguales vienen de ninguna parte y van hacia la nada, más allá de las “usinas² denunciadas por los gobiernos ocasionales o las “campañas orquestadas” que señalan supuestos damnificados. Es el imperio del equívoco, del “teléfono descompuesto” que nadie necesita ni quiere mandar a arreglar porque el gusto reside ahí. Son ejemplares las anécdotas atribuidas a sujetos diferentes según las circunstancias, los apodos cruzados, las manifestaciones de prejuicio apenas embozadas por la tenue pátina que pretende hacer verosímil el despropósito. Hay algo ahí: “Si no es cierto merecería serlo” es una acotación reveladora; “Si no existiera habría que inventarlo”, un elogio en la misma línea. Carne y espíritu de la leyenda en el sentido original.

Así, el corpus de relatos orales que produce, usa y consume una sociedad funciona como indicador social, termómetro ideológico, muestreo del imaginario colectivo. Anónimos e intercambiables, los relatos circulan como el dinero. Como el dinero también, a veces se los guarda y atesora. Un tipo particular de estos relatos -acaso los más elaborados- ha recibido últimamente especial atención en ese sentido. Son las llamadas -por oposición a las antiguas, supuestamente anteriores a la existencia de la ciudad- “leyendas urbanas”. A diferencia de las épicas narraciones antiguas, estos cuentos reflejan más los terrores y los fantasmas que las ilusiones o las fantasías de sus cultores y transmisores convencidos. No hay nadie, por ejemplo, que no haya escuchado alguna vez la historia de aquella banda de criminales de Nueva Orleáns en la versión original -pero que puede ser en San Pablo o Moscú- que asesinaba a la gente para robarle los órganos. O la de los turistas que van a Brasil y compran un cachorro que, ya de regreso al país de origen no resulta ser un perro sino un animal innominado sólo parecido al can, y no necesariamente en sus aspectos más cariñosamente domésticos, ya que su mordedura es venenosa. O la de los saurios albinos, gigantes y monstruosos que se encontraron en las alcantarillas de Nueva York como resultado de tirar crías o huevos -son siempre importados- por el inodoro: la imagen de un cocodrilo blanco ciego y descomunal sacando la cabeza por una boca de tormenta de Manhattan no deja de tener su poderosísimo morbo y fue germen de una película. En un registro menor o al menos de cabotaje, todos conocemos las inverificables historias de los restaurantes chinos porteños que cocinaban ratas. No sería casual que se hayan verificado versiones similares en otras latitudes.

La novedad respecto de los maravillosos relatos que construyeron la base de las culturas es que hoy, gracias a la globalización y a Internet, las viejas leyendas urbanas se vuelven macroplanetarias. A través de la Web, las historias hasta ahora susurradas al oído del amigo o del vecino sentado en el café se abren en un eco de inusitadas proporciones y alcance, viajan por el mundo en cantidades y a velocidades industriales. Las leyendas pueden y deben ser leídas hoy, como corresponde, por Internet.

Es que ya existen en la red archivos que puntillosamente las documentan. Uno entre varios lugares es el site montado por una pareja de 40 años -cada uno, no de convivencia juntos- los Mikkelsons, de Los Angeles, California. Desde hace años, Bárbara y David (www.snopes.com) recogen prolijamente todo tipo de historias y se han convertido no sólo en un lugar virtual de indispensable consulta sobre el tema, sino en autoridades al respecto.

“Las leyendas urbanas son una especie de espejo -explica Bárbara Mikkelsons- en el que se ve la cara de la sociedad, lo que piensa y lo que siente en un preciso momento.² Fobias y temores, fantasías primarias actualizadas por la coyuntura -cualquiera sea- contribuyen a encontrar los habituales argumentos que sustentan perversas historias transmitidas con la naturalidad y la lógica interna del discurso paranoico. Una descomunal biblioteca, que se puede consultar en el site de los Mikkelsons, cataloga bajo decenas de rótulos todo aquello que si uno pudo imaginar, ahí estará: amor y sexo; horror, humor, curiosidades insólitas pero también anécdotas que tienen que ver con grandes empresas como Coca Cola o Disney, los personajes de la política y el espectáculo. En todos los casos, se muestran las diferentes variantes y la ascendencia registrada, insinuándose el probable itinerario espacio-temporal del engendro narrativo.

Más allá del trabajo artesanal de los Mikkelsons, son los internautas los que aportan el mayor material. Miles de contribuciones alimentan el sitio vía e-mail y multiplican las posibilidades narrativas, uniendo en un coro jamás registrado, voces de muy diferentes lugares. Así, junto a relatos extensos y complejos rigurosamente datados en opuestas latitudes, será posible encontrar variantes de anécdotas puntuales y personalizadas: acaso versiones brasileñas de lo que dicen le pasó a María Amuchástegui en televisión; una idea similar a la criolla -acuñada en Venezuela- sobre los efectos afrodisíacos de ciertas gaseosas mezcladas con aspirinas o una variante italiana de la anécdota atribuida a José María Muñoz hablando con un futbolista: “¡Cómo ha corrido, Fulano! ¿Cuántos pulmones tiene?” “Uno, Muñoz, como todo el mundo” habría dicho el elogiado, modestamente.

Y si no es cierto, merecería serlo. Claro que sí.

Juan Sasturain para Febrero de 2001- Revista Internet Surf N°34

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