La sombrerera

La sombrerera

El enorme piso estaba bellamente encerado. Sobre la cama colgaban pesados pliegues de terciopelo granate que caían del dosel que la cubría; la cama propiamente dicha era una cascada de encajes. Sillas Luis XV, sofás Imperio, muñecas, jades de formas fantásticas, Budas macizos y bustos romanos lle-naban la habitación. Sus admiradores y admiradoras, mujeres que la amaban porque las embellecía y perfectos caballeros que la amaban porque los volvía perspicaces, mantenían el cuarto tan repleto de flores como un aposento que acabara de ser visitado por la muerte. En conjunto, era una suerte de Schönbrunn. Black May, la mucama de Madame, abnegada y sencilla, solía pararse en el medio de la habitación y casi sin aliento exclamaba: “¡Dios mío, qué mujer malcriada!”

Las muchachas -aprendices, ayudantes, diseñadoras- nunca dejaban de traer algo de “Sidneytown” para Madame, luego de una noche de juerga: nueces, jengibre y elefantitos. Las muchachas solían meterse en problemas tras beber matarratas y fumar cigarros en bares de mala muerte donde conocieron el aspecto que tiene un hombre que acaba de ser degollado, y todo esto sin descansar un minuto, con la orquesta que no paraba de tocar. Volvían tropezándose y a ciegas, cargadas de regalos, y luego trabajaban todo el día con la cara azul y el cuerpo sacudido por escalofríos (Madame las hacía trabajar hasta tarde sin importar cómo se sintiesen), contaban sus chismes, desfallecientes, y le gritaban “¡Negre-ra!”, mientras se colgaban de sus brazos.

Madame, con su voz aguda y suave, y sus largas “i” a-rrastradas, decía: “ Asee es la veeda, es hermoso estar veeva, todo es amor” (Dios sabe de dónde había sacado ese acento). Empujaba las cabezas y los hombros de las muchachas hacia la mesa, y de pronto gritaba: “¡A trabajar! ¡A trabajar!”, a la vez que golpeaba la mesa con un puño fuerte y delgado, haciendo sonar sus anillos, y las muchachas se ponían a trabajar en medio de un clima de tensión creciente y peligroso.

En mil novecientos treinta y dos el capital de Madame ascendía a medio millón de dólares. La ganancia provenía en parte de especulaciones en la Bolsa. Como ella no podía escribir una sola carta legible, pues era incapaz de emplear una negación en cualquier cláusula, y además los números la asustaban, contrató a una tal Miss Swann como secretaria. Todos los sábados por la noche Miss Swann le informaba cuál era exactamente el estado de sus finanzas, hasta el último centavo. Tendida en su cama como una fiera hermosa (vestida con puntillas), Madame apretaba sus dedos cargados de diamantes –aún tenía las uñas manchadas con la tintura de los sombreros- y escuchaba a Miss Swann que hablaba detrás de ella. Las sumas la dejaban satisfecha.

“No tengo tiempo”, dijo Madame. “Ya no tengo tiempo”. Mientras hacía esto, tomó la tijera y comenzó a cortar el sombrero sin mirar lo que hacía.

No pasó mucho tiempo antes de que Miss Swann se convirtiera en su amiga íntima. Miss Swann sabía todo acerca de ella. Sabía de la infancia de Madame entre los pobladores de las montañas de Allegheny, sabía todo acerca del hotel y de su padre y cuánto le molestaba a Madame que éste se mostrara en mangas de camisa; sabía que Madame siempre había querido fabricar sombreros, incluso desde que era tan pequeña que ni siquiera llegaba a alcanzar la canilla del barril de la cerveza. Sabía todo acerca de sus amantes, y de cómo éstos habían contribuido a hacer de la crueldad uno de los atributos de Madame. No había nada en la costa que Madame ignorara; y Miss Swann también sabía, antes de que la propia Madame lo advirtiera, que la “Depresión” estaba sacándola de quicio, pues la ponía nerviosa y sumamente irritable.

Aquel otoño, sin previo aviso, Madame –que tenía la costumbre de hacer movimientos imprevistos- puso la tienda a nombre de sus hermanas. Había decidido hacer un viaje. Miss Swann no podía explicarse esa decisión. Madame jamás había mostrado el menor interés por país alguno, viajar no le gustaba particularmente, jamás leía los diarios y no sabía nada de Historia. Sin embargo, uno de los admiradores de Madame le había dicho que se parecía a la Récamier, que tenía cierta semejanza con la Gioconda y que sus huesos recordaban los de los habitantes de la Italia primitiva. Miss Swann llegó a conclusión de que Madame quería comprobarlo por sí misma.
El mismo día que Madame puso la tienda a nombre de sus hermanas compró un gran auto deportivo negro, reservó un camarote para ella y otro para Miss Swann en un paquebote y tramitó los pasaportes para las dos. No podía vivir sin Miss Swann; sin ella le sería imposible lle-var adelante su propia vida; para Madame la existencia era algo muy importante que se encontraba amenazado. La vida cambiaba, el tiempo la apremiaba, la vida ya no era lo que solía ser, pero gracias a Miss Swann, a su eficaz mente matemática, su vida estaba a salvo, Miss Swann se la devolvía cada vez que hablaba.

Con veinte baúles, diez sombrereras, cuatro tapados de piel, y acompañada de Miss Swann, Madame partió rumbo a Le Havre. Besó a sus hermanas, lloró delante de ellas y dijo que todo era amor y que tal vez fuera a la India para conocer a fondo el espíritu. Dejó a Black May para que cuidara de su dormitorio, la única parte de la tienda que no había cedido.

Nunca se le había ocurrido preguntarle a Miss Swann si hablaba francés. Se sintió un poco resentida cuando descubrió que su acompañante lo hablaba perfectamente, resentida y aliviada, pues eso simplificaría mucho las cosas.

Miss Swann oyó la delgada mano de Madame que golpeaba el cubrecama, y luego la voz aguda que gritaba: “¡Voy a hacer que me adoren!”

Miss Swann detuvo el auto en la Avenue de l’Opéra, entró en un negocio y volvió con un libro para Madame; Miss Swann dijo que era esencial para descubrir el sabor del pueblo francés. El libro era Á la recherche du temps perdu de Proust. Durante varios días Madame intentó leerlo, pero se dio por vencida, pues jamás había logrado leer ningún libro extenso; sería mejor que lo leyese Miss Swann.

Madame visitó apresuradamente una serie de galerías y de edificios históricos; pero no parecía ver aquello que tenía delante de los ojos. Tras una hora o más de “cultura”, pedía que la llevaran al bar del Ritz, a Fouquet’s o a Sherry’s. Sentada junto a Miss Swann observaba a los ingleses impecablemente desaliñados que frecuentaban los bares a esa hora, a los pequeños, ansiosos franceses que nunca parecían cansarse de hablar, y a otros norteamericanos que se comportaban como si París fuese Estados Unidos sin prohibiciones. Madame no era feliz, bebía demasiado champagne.

Miss Swann parecía estar pasándola maravillosamente, sabía todo acerca de todos. Arrastraba a Madame de un lugar a otro contándole anécdotas sobre figuras históricas: todos eran famosos, fascinantes e inmortales. Madame se sentía cansada, pronunciaba algunas palabras airadas y se echaba a llorar. Una tarde visitaron Les Invalides, y mientras contemplaban el gran sarcófago en medio de una muchedumbre que forcejeaba y empujaba, Madame se puso nerviosa. Se aferró al brazo de Miss Swann tan bruscamente que su acompañante se sobresaltó. “¿Para qué es todo esto? ¿Por qué?” dijo.

“Es Napoleón” susurró Miss Swann, y decidió guardar su biografía para cuando hubieran salido de allí.
El viaje de regreso al Crillon lo hicieron en silencio. Durante dos días, Madame no vio a nadie. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y con sus tijeras cortó las hermosas, pulcras costuras de su tapado de visón con el fin de recrear esa prenda costosa. Le había comentado a Miss Swann que pensaba modificar el abrigo con sus propias manos. Miss Swann le dijo que le parecía sumamente arriesgado.

La noche del segundo día llevó a Miss Swann al Boeuf-sur-le-Toit. Cuando les hubieron servido sus bebidas, dijo que quería seguir camino a Florencia y a Roma. Mientras hablaba coqueteaba con un hombre sentado en la mesa de al lado. Le sonrío mientras preguntaba a Miss Swann si también hablaba italiano. El caballero le devolvió la sonrisa mientras Miss Swann respondía: “Un poco”. Madame estaba bastante alegre y un poco tensa. El caballero se retiró temprano, a eso de las diez y cuarto. A las once, Miss Swann (quien, además de secretaria, era también mucama desde que habían abando-nado California) la desvistió y, a pedido de Madame, volvió a vestirla con un vestido de noche de chiffon blanco. Cuando compró el vestido, varios días antes, había comentado que deseaba que la enterraran con él. Con grandes brazadas ciegas como las de alguien que está a punto de ahogarse, Madame se sumergió en la cama. Miss Swann apagó todas las luces menos una; mientras lo hacía oyó la delgada mano de Madame que golpeaba el cubrecama de satén, y luego la voz pastosa y aguda que gritaba: “¡Voy a hacer que me adoren!”.

“Soy una mujer malvada”, dijo con la mirada perdida en el espacio. Sus ojos vagaban, Miss Swann estaba parada unos pasos detrás de ella.

A la mañana siguiente, mientras se dirigían a una agencia con el fin de arreglar su viaje a Italia, Madame pidió el volante. Manejó sin mirar por las calles laberínticas de Place de la Concorde hasta que a mitad de camino chocó contra un auto francés, que subió al trottoir por la fuerza del impacto, pero su conductor resultó ileso. Al bajar del auto, Madame descubrió que las luces delanteras de su auto estaban destrozadas. Sintiendo que algo le revolvía las entrañas, abandonó a Miss Swann con el auto y entró en la Madelaine, donde se arrodilló sobre el piso helado. “Soy una mujer malvada”, dijo con la mirada perdida en el espacio vacío y dividido por columnas. Sus ojos vagaban, Miss Swann se encontraba parada a unos pasos detrás de ella. “Váyase”, le dijo Madame. Miss Swann se retiró. Colocando una mano encima de otra, Madame procuró serenarse, y trató de rezar. “Yo”, dijo, “Yo. Yo.” Finalmente se dio por vencida.
Roma y Florencia resultaron llenas de ruinas de un tiempo tan remoto como el pueblo que las había cons-truido, y sobre el cual ya no existían argumentos ni a favor ni en contra; por esta razón Madame no logró concentrarse. África no resultó mejor. Blida, El Kantara, Tánger, Fez: Madame comenzaba a inquietarse. Los árabes no podían morir, ni siquiera los que agonizaban junto a esas puertas enormes; allí sólo morían los extranjeros, uno lo advertía de inmediato.

Tomó otra decisión inesperada: cazarían jabalís al pie del Atlas. Miss Swann dijo que era un deporte bastante peligroso. Hicieron el viaje a caballo en compañía de un bereber. Miss Swann cabalgaba casi tan bien como el salvaje bereber que iba a su lado. Madame, en cambio, cabalgaba pésimamente: se inclinaba hacia atrás en la montura como si estuviera a punto de caer, su gran rodete se había desarmado y los alfileres que lo sostenían quedaron esparcidos por los arbustos. Cuando Miss Swann se volvió para alentarla, Madame no se parecía a nada que hubiera visto antes. Al observar nuevamente a Madame, Miss Swann advirtió que tenía manchas de rubor en las mejillas y que respiraba con dificultad, mientras los batidores espantaban a los animales. Lo único imperturbable era la cara salvaje y amenazante del bereber, abierta a los hechos de la naturaleza, asesina, hermosa y completa.

Poco después Madame abandonó Marruecos. Hasta el último minuto pensó en viajar a España, pero el encuentro con un mendigo en las puertas del Zoco Grande la hizo cambiar de idea. Se había detenido para depositar algunos hassani en la mano mugrienta del vagabundo, pero la primera moneda se deslizó entre los dedos del hombre –un hecho inédito en un árabe—, y éste murmuró algo, sin bajar la punta filosa de su mentón barbado. “¿Qué dice?” preguntó Madame a Miss Swann. Miss Swann le respondió que el árabe no estaba pidiendo limosna, sino rezando.

Mientras volvía a guardar las monedas restantes en su cartera, Madame se sintió como si hubiera muerto sin haber pedido permiso. “Yo también tengo un Dios”, dijo abruptamente. “Es un hombrecito con alas como las de un pollo”. Madame dio media vuelta y tomó el primer barco a casa.

Al verla sus hermanas se echaron a llorar, se disculparon por no haberla recibido en el muelle, pero habían estado muy ocupadas. La cubrieron de besos y le contaron acerca de sus maridos –las tres se habían casado mientras Madame estaba de viaje-, estaban ansiosas por presentarle a los jóvenes. A Madame le habría gustado cenar a solas con sus hermanas, pero los tres esposos ya se encontraban allí. Uno era médico y hablaba, cuando alguien le prestaba atención, de obstetricia. El segundo era jovial y rengo, y tenía una tienda de venta de mascotas. Su especialidad eran los loros; dijo que le gustaban los pájaros por el escándalo que armaban cuando descubrían que habían sido capturados. El tercero obviamente se había casado por dinero. Llevaba grandes diamantes en los dedos y otro engarzado en el alfiler que ajustaba su pesada corbata. Nunca tomaba café por las noches.

Todos comían mucho y hablaban muy rápido, pero olvidaron pedir detalles de su viaje a Madame. Le contaron que los sindicatos habían reducido las ganancias, porque las muchachas no tenían permitido trabajar hasta tarde; no sólo eso, sino que ahora debían pagar un sueldo a las aprendices, lo cual, por supuesto, anulaba la vieja tradición. Agregaron que el país se hallaba en “crisis”, que había empeorado mucho desde su partida, y que la gente estaba más deprimida que nunca. Olvidaron preguntarle qué pensaba hacer, ahora que estaba de vuelta.

Uno o dos días más tarde, Miss Swann tuvo el desagradable deber de informar a Madame que había perdido una suma importante en la Bolsa. No lograba imaginar qué la había llevado a hacer semejante o-peración sin consultar. Madame la miró con fijeza, pero no pronunció una sola palabra. A la hora del té subió a su inmenso dormitorio y se fue directamente a dormir. Black May era lo único que no había cambiado; la mucama había encendido velas por doquier y colocado flores junto a la cama. Madame le dijo que se retirara, y pasó varias horas acostada en la cama dando vueltas y vueltas, sin poder dormir. Se levantó alrededor de medianoche. Mientras intentaba encender la luz, el encaje de su camisón se atascó y derribó una muñeca de porcelana de Dresde que se hizo añicos contra el suelo. Madame se arrodilló para tratar de salvarla, de unir los pedazos, pero al verlos irreparablemente dispersos perdió interés en ella y pateó los fragmentos al inclinarse para llamar a Miss Swann, casi doblada sobre sí misma y temblando.

Miss Swann se puso rápidamente su bata y acudió al llamado. “No puedo dormir” dijo Madame. Echó una mirada a su alrededor. “Dios mío, ¿dónde está todo, dónde están mis agujas, mis fieltros? Creo que bajaré al taller y haré algunos modelos. Hace demasiado tiempo que no trabajo. Me importan un bledo las nuevas reglas, el sindicato no puede impedirme trabajar, si se me da la gana. Quiero que me preste su cabeza, ya que por lo visto a esta hora no queda ninguna ayudante”. Sabía que parecía una idiotez, pero no le importaba. Naturalmente, el fieltro se había terminado mucho tiempo atrás. Tomó un sombrero que había comprado en París, un modelo caro que, por alguna razón, nunca le había gustado.

Entraron en el taller vacío. Madame puso a hervir una pava con agua. Miss Swann aún estaba adormecida, pero se sentó erguida mientras Madame movía y retorcía el sombrero colocado en su cabeza. No estaba quedando bien. Miss Swann sugirió que probablemente Madame estuviese muy cansada, ¿por qué no esperaba hasta mañana?, había tiempo de sobra.

“No tengo tiempo” dijo Madame, “¡Ya no tengo tiempo!” Mientras decía esto, tomó la tijera y comenzó a cortar el sombrero sin mirar lo que hacía. Miss Swann, en un último intento por evitar el daño irreparable, dijo rápidamente “¡Oh, lo ha estropeado! Vamos, démelo, déjeme intentarlo.”

Al alzar la cabeza, Miss Swann vio los ojos furiosos de Madame que la miraban fijamente desde el espejo colgado en la pared, con la tijera en la mano. Tenía puesto el sombrero que acababa de arruinar y Miss Swann no pudo evitar soltar una carcajada, en parte por nerviosismo; luego Madame hundió la tijera.

* * *

La muchacha que barría la tienda tropezó con el cadáver de Miss Swann a las siete de la mañana. El mango de la tijera ya se había vuelto marrón allí donde asomaba del pecho de la mujer.

Black May confesó haber sido la autora del asesinato. Al ser interrogada por la Policía no dijo mucho, sólo se limitó a declarar que había perdido los estribos porque Miss Swann se mostraba siempre tan “superior” y además tenía los nervios destrozados, y que con la Depresión todos estaban un poco enloquecidos. Cuando la Policía la interrogó acerca de los hábitos de Madame, Black May dijo que eran normales, salvo que Madame era “muy malcriada”.

Cuando la presionaron para que explicara a qué se refería con eso de “muy malcriada” dijo: “Se ha malcriado ella misma, así como hay hombres que se hacen a sí mismos”. No lograron sacarle nada interesante.

Mientras esperaba su condena, las autoridades permitieron que Black May recibiera una sombrerera que había llegado a su nombre a la cárcel. Adentro había un sombrero que Madame había hecho antes de salir de via-je. Era su manera de agradecerle a la sirvienta. Black May lo había elogiado 

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